agosto 24, 2020 Ahots And US

CONFLICTO ARMADO DE IRLANDA DEL NORTE

La presencia de un mediador internacional para la resolución de conflictos armados ha resultado positiva en mas de una ocasión.

En el año 2018, se cumplieron  veinte años de la firma de los Pactos de Stormont en Belfast, Irlanda del Norte. El documento, conocido como el Acuerdo de Viernes Santo, fue el culmen de unas arduas y lentas negociaciones entre el Norte y el Sur de la isla, en las que también se implicaron el gobierno británico y el estadounidense (este último como mediador del conflicto). Se establecieron así las bases de una política de entendimiento común entre las dos Irlandas y Reino Unido, y se consiguió acabar con treinta años de terrorismo y violencia que habían calado en lo más profundo de una sociedad dividida por el miedo y el rencor.

GEORGE J. MITCHELL,  MEDIADOR Y NEGOCIADOR EN IRLANDA DEL NORTE

Desde 1995 George Mitchell tuvo una participación activa en el proceso de paz en Irlanda del Norte como enviado especial de Estados Unidos y sentó las bases de la negociación que resolvió el conflicto de Irlanda del Norte.

El mediador y negociador estadounidense de origen irlandés George Mitchell, respaldado por el presidente Bill Clinton, presentó una lista de normas de conducta relativas al uso de medios exclusivamente pacíficos y democráticos para lograr los objetivos políticos («Principios de Mitchell»). A la vez, estableció tres principios muy simples para conducir el proceso y consolidar los avances: consenso suficiente, consentimiento paralelo y principio de que nada está acordado hasta que todo esté acordado.

Aunque el proceso que condujo a la paz definitiva ya había comenzado mucho antes de su llegada en 1996, se considera que su metodología, además de inspirar posteriores procesos de paz, fue determinante para avanzar en las negociaciones que condujeron al Acuerdo de Viernes Santo en 1998.

A pesar de las grandes dificultades y mucha incertidumbre, esa estrategia funcionó y se llegó a un acuerdo el 10 de abril de 1998. Por sí solo, el Acuerdo no garantizaba la paz, la estabilidad o la reconciliación. Pero los hizo posibles.

 

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